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Hay personas que envejecen antes de tiempo

6 sept
7 min de lectura

Cuando el alma empieza a despedirse mucho antes que el cuerpo

Por Julia Perellón M. Synesia al Amanecer



Mis queridos lectores y escuchas de Synesia al Amanecer:


Hoy quiero hablarles de algo que quizá no siempre podamos explicar con la lógica.

De esas cosas que se sienten.

Que se perciben.

Que simplemente sabemos.

Quiero hablarles de la energía. De la energía de las personas, de los espacios, de los vínculos… y de ese momento extraño en que alguien parece comenzar a retirarse de la vida mucho antes de que la vida haya terminado.


Hay días en los que uno entra a una habitación y sabe que algo ha cambiado.

No sabes explicarlo.

En apariencia, todo sigue su curso.

La comida está servida.

Las personas conversan.

Alguien ríe.

Todo parece estar exactamente donde debería estar.


Y, sin embargo, lo sabes.

La energía ya no es la misma.

Yo creo en esas cosas.

Durante muchos años intenté no creer. Traté de racionalizarlo todo, de buscar explicaciones psicológicas, sociales, culturales, emocionales. Y muchas veces las hay. Por supuesto que las hay.

Pero también hay momentos en los que mi cuerpo sabe algo antes que mi cabeza.

Momentos en los que entro en un lugar y siento que algo se ha apagado.

Me pasó hace un año.

Era el cumpleaños de una persona profundamente importante para mí. Alguien a quien conozco desde hace décadas. Alguien cuya historia, silencios, heridas, alegrías y contradicciones conozco casi de memoria.

Los cumpleaños solían ser ruidosos. · Desordenados. · Divertidos.

Había amigos entrando y saliendo, conversaciones cruzadas, carcajadas, pequeñas tribus formándose por todas partes y unas mañanitas espantosas que jamás habrían ganado un concurso de canto, pero estaban llenas de vida.

Eran nuestras mañanitas. Desafinadas. · Escandalosas. · Ridículas. · Maravillosas.

Pero aquel año algo cambió.

Faltaba gente. · Faltaban voces. · Faltaba movimiento.

Cuando llegó el momento de cantar, tuve una sensación extraña.

Como si alguien hubiera bajado el volumen de la habitación.

Como si la alegría hubiera pedido permiso para entrar y alguien hubiera contestado:

—No. Aquí ya no.

No pasó nada extraordinario.

Y, al mismo tiempo, para mí pasó todo.

Me fui temprano.

Recuerdo pensar:

Algo está cambiando.

Después hice lo que hacemos tantas veces cuando una intuición nos incomoda.

La archivé.

Me dije que estaba cansada.

Que estaba sensible.

Que seguramente estaba exagerando.

Pasó un año.

Y regresé.

Esta vez la transformación era todavía más evidente.

Las personas estaban sentadas alrededor de una mesa. Todo mucho más ordenado. Mucho más quieto. Mucho más correcto.

Demasiado correcto.

Yo miraba alrededor y pensaba:

¿En qué momento dejamos de movernos?

¿En qué momento dejamos de reírnos como idiotas?

¿En qué momento empezamos a comportarnos como si la vida hubiera terminado y solo estuviéramos esperando los créditos finales?

Y entonces alguien pronunció una de esas frases aparentemente inocentes que a mí me ponen los pelos de punta:

—Ya estamos viejitos.

Viejitos.

Qué palabra tan peligrosa cuando se convierte en identidad.

No cuando describe arrugas.

No cuando reconoce cansancio.

No cuando acepta que el cuerpo cambia.

Sino cuando empieza a significar:

“Ya no me toca.”

Ya no me toca bailar.

Ya no me toca enamorarme.

Ya no me toca aprender.

Ya no me toca hacer estupideces.

Ya no me toca empezar de nuevo.

Ya no me toca desear.

Ya no me toca sorprenderme.

Ya no me toca vivir.

Ahí empieza, para mí, la verdadera vejez.


Y no tiene nada que ver con los años.

He conocido personas de treinta años completamente viejas.

Y personas de ochenta con una energía capaz de incendiar una habitación.

Porque la edad está en el cuerpo.

Pero la vejez…

la vejez empieza mucho antes.

Empieza cuando el ser comienza a retirarse.

Cuando dejamos de esperar algo hermoso.

Cuando dejamos de preguntarnos:

¿Y ahora qué aventura sigue?

Cuando comenzamos a hablar del futuro como si fuera un lugar al que ya no tenemos permiso de entrar.

Hay algo que he observado muchas veces a lo largo de mi vida.

Cuando una persona empieza a despedirse interiormente, la energía alrededor cambia.

Los espacios se vuelven más silenciosos.

Las conversaciones se hacen más pequeñas.

Los proyectos desaparecen.

Los amigos empiezan a faltar.

Las reuniones se vuelven previsibles.

Y de pronto alguien que antes decía:

—El próximo año vamos a…

empieza a decir:

—A ver si llego al próximo año.

Y cuidado.

Porque las palabras no son únicamente palabras.

Son decretos.

Son pequeñas instrucciones que repetimos al cuerpo, a la mente y, yo creo, también al Universo.

Yo no sé exactamente cómo funciona.

Y tampoco necesito saberlo.

Hay misterios que prefiero no convertir en PowerPoint.

Pero sí creo profundamente que nuestra energía escucha la historia que contamos sobre nosotros mismos.

Si repetimos:

Estoy viejo. · Estoy acabado. · Ya no puedo. Ya no tiene sentido. · Ya viví lo que tenía que vivir.

Algo dentro empieza a obedecer.

No porque cumplamos años.

Sino porque dejamos de llamar a la vida.


Y la vida es una criatura extraña.


Parece necesitar que la invoquemos.

Que le digamos:

Todavía estoy aquí. Todavía quiero. · Todavía deseo. · Todavía tengo curiosidad. · Todavía puedo enamorarme. Todavía puedo aprender algo absurdo. · Todavía puedo cambiar de opinión. · Todavía puedo hacer el ridículo. · Todavía puedo cantar horriblemente las mañanitas. · Todavía puedo empezar otra historia.

Hay personas que creen que envejecer significa volverse prudente.

Yo creo exactamente lo contrario.

Con los años deberíamos volvernos más irreverentes.

Ya deberíamos saber que casi nada era tan grave.

Que muchas de las reglas que obedecimos eran inventadas.

Que muchas de las opiniones que nos aterrorizaron no importaban.

Que sobrevivimos a casi todas las cosas que creíamos que no íbamos a sobrevivir.

Entonces…

¿por qué demonios tendríamos que volvernos más pequeños?

Yo quiero llegar a vieja haciendo ruido.

Quiero seguir teniendo proyectos absurdos.

Quiero emocionarme.

Quiero enamorarme de ideas.

Quiero crear cosas que quizá nadie entienda.

Quiero seguir diciendo:

—¿Y si hacemos esto?

Quiero seguir teniendo esa curiosidad casi infantil que pregunta:

¿Y qué habrá detrás de la siguiente puerta?

Porque para mí eso es estar vivo.

No respirar.

No tener pulso.

No tener determinado número de años.

Estar vivo es todavía sentir que algo puede suceder.

Y aquel cumpleaños me dejó una enseñanza que todavía estoy procesando.

Durante mucho tiempo pensé que podía transmitirle mi energía a las personas que amo.

Que podía animarlas.

Sacudirlas.

Recordarles la vida.

Encenderlas.

Y sí.

Tal vez podemos prestar luz.

Podemos acompañar.

Podemos invitar.

Podemos abrir ventanas.

Podemos llevar música.

Podemos recordar viejas historias.

Podemos mirar a alguien a los ojos y decirle:

—Todavía estás aquí.

Pero hay algo que no podemos hacer.


No podemos elegir la vida por otra persona.

Cada ser tiene que decidir si quiere seguir participando.

Y ésa es una decisión profundamente íntima.

Quizá espiritual.

Quizá energética.

Quizá inexplicable.

Pero eso no significa que nuestra presencia sea inútil.

Yo creo exactamente lo contrario.

Creo en la energía que intercambiamos.

Creo que hay personas cuya presencia transforma una habitación.

Creo que una mirada puede despertar algo que parecía dormido.

Que una carcajada puede romper un silencio.

Que una conversación puede devolver una ilusión.

Que un proyecto puede despertar nuevamente la curiosidad.

Que alguien que todavía cree en mañana puede, algunas veces, hacer que otra persona vuelva a mirar hacia adelante.

Quizá no podamos elegir la vida por nadie.


Pero sí podemos recordar la vida.

Llevar música.

Llevar movimiento.

Llevar proyectos.

Llevar preguntas.

Llevar risa.

Llevar esa obstinación maravillosa de seguir creyendo que todavía puede suceder algo inesperado.

Y si algo puedo ofrecer a las personas que amo es precisamente eso:

mi luz,

mi energía,

mi risa,

mi movimiento,

mis proyectos,

mi irreverencia,

mi deseo,

mi capacidad de volver a empezar,

mi obstinación casi absurda por encontrar belleza incluso en medio de la noche.

Porque hay momentos en los que quisiéramos tomar a alguien de los hombros y gritarle:

¡Despierta! ¡Todavía hay música! · ¡Todavía hay sexo! · ¡Todavía hay viajes! · ¡Todavía hay libros! ¡Todavía hay amaneceres! · ¡Todavía hay amigos que no saben cantar! · ¡Todavía hay abrazos! · ¡Todavía hay historias que no han sucedido! · ¡Todavía hay vida!

Pero no podemos obligar a nadie a escuchar.

Podemos, eso sí, decidir algo respecto de nosotros mismos.

Podemos negarnos a practicar la muerte antes de tiempo.

Podemos negarnos a convertir los años en una sentencia.

Podemos dejar de decir:

“Ya estoy viejo.”

Y empezar a decir:

“Estoy aquí.”

Estoy aquí. Con cicatrices. · Con dolores. · Con pérdidas. · Con arrugas. · Con errores. · Con historias. · Con miedo. · Con memoria. · Pero aquí.

Y mientras estemos aquí, el misterio continúa.

Porque nadie sabe realmente cuánto dura una vida.

Nadie sabe qué puede pasar mañana.

Nadie sabe quién puede llegar.

Qué puerta puede abrirse.

Qué idea puede transformar nuestros días.

Qué amor puede despertarnos.

Qué conversación puede devolvernos la curiosidad.


Por eso me niego a pensar la vejez como una sala de espera.


Yo prefiero imaginarla como una montaña.

Subimos.

Nos cansamos.

A veces respiramos con dificultad.

Pero desde arriba se ve muchísimo más lejos.

Y quizá ésa sea una de las grandes maravillas de cumplir años:

que ya hemos aprendido suficiente como para vivir con menos miedo.


Así que este texto es para ti.


Para mí.

Para quien tenga cincuenta.

Setenta.

Ochenta.

Noventa.

O treinta y cinco y ya se haya convencido de que lo mejor quedó atrás.

Escúchame.

No sabes qué queda adelante.

Nadie lo sabe.

Así que no cierres la puerta.

No entregues tu energía antes de tiempo.

No repitas que estás terminado.

No conviertas los años en un conjuro contra ti mismo.


Haz ruido. · Haz planes. · Ama. · Discute. · Ríete. · Baila aunque te duelan las rodillas.

Aprende algo nuevo. · Viaja aunque sea a tres calles de tu casa. · Conoce gente. · Vuelve a enamorarte de una canción. · Planta algo. · Escribe.


Cocina. · Haz el ridículo. · Cambia de peinado. · Empieza un proyecto que quizá jamás termines.


Y, sobre todo, cuando llegue tu cumpleaños…

por favor…

canta horrible.

Canta fuerte.

Desafina.

Equivócate.

Ríete a mitad de la canción.

Porque mientras todavía haya alguien dispuesto a cantar unas mañanitas espantosas con todo el corazón…

todavía estamos aquí.

Y mientras estamos aquí,

todavía hay misterio. · Todavía hay camino. · Todavía hay magia. · Todavía hay vida.

Julia Perellón M. Synesia al Amanecer

 
 
 

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